Prefacio a la segunda edicion del Castillo de Otranto

Horace Walpole

La manera favorable en que el publico ha recibido esta pequeña obra, obliga a su autor a explicar los fundamentos de su composicion. Pero antes de señalar esas motivaciones, corresponde que pida perdon a sus lectores por haberles ofrecido su trabajo bajo el prestado manto de un traductor. Como las unicas circunstancias que lo indujeron a asumir ese disfraz, fueron su natural apocamiento y el temor ante lo novedoso de su intento, espera que lo sabran disculpar. Resigno su actuacion al juicio imparcial del publico, determinado a dejarla morir en la oscuridad, si era desaprobada; sin intencion de confesar semejante naderia, a menos que los jueces decidieran que la podia exhibir sin temor a ruborizarse.

Fue un intento de unir dos tipos de narrativa, la antigua y la moderna. En la primera, todo era imaginacion e improbabilidad; en la segunda, siempre se intenta copiar, y a veces con exito, la naturaleza. No he faltado invencion, pero los grandes recursos de la fantasia han sido condenados por una fidelidad estricta en la vida comun.

Si en estos relatos la naturaleza ha lesionado la imaginacion, esa ha sido justamente su venganza, ya que en las antiguas historias habia sido totalmente excluida. Las acciones, los sentimientos, los heroes y heroinas de los viejos tiempos eran tan pocos naturales como las maquinarias que los ponian en movimiento.

El autor de estas paginas penso que era posible reconciliar los dos tipos de narracion. Deseoso de dejar en libertad a los poderes de la fantasia por los infinitos reinos de la invencion, y asi crear situaciones mas interesantes, quiso conducir a los agentes mortales de su drama segun las reglas de la probabilidad; en suma hacerlos pensar, hablar y actuar como lo harian hombres y mujeres terrenos en circunstancias extraordinarias.

Habia observado que en todos los escritos inspirados, los personajes bajo el poder de los milagros y testigos de los fenomenos mas clamorosos, nunca perdian de vista su caracter humano, mientras que en las producciones romanticas, un evento improbable nunca deja de estar acompañado por un dialogo absurdo. Los actores parecen perder el sentido comun en le momento en que las leyes de la naturaleza pierden su tono. Asi como el publico ha aplaudido su instinto, el autor no debe decir que fue integramente deficiente en la tarea que emprendio; sin embargo, si la nueva ruta que ha encontrado abre un camino a hombres de mayor talento, reconocera, con placer y modestia, que el plan era capaz de recibir bellezas superiores a las que su imaginacion o su control de las pasiones pudieron conferirle.

Con respecto al comportamiento de los sirvientes, que ya he mencionado en el prefacio anterior, desaria agregar unas pocas palabras. La simplicidad de sus conductas, que casi tiende a provocar sonrisas, a primera vista no parece adecuada al serio elenco de la obra ( y me parece que no es improcedente), sino que fue marcada a proposito de esa manera. Mi regla era la naturaleza. Por mas graves, importantes y hasta melancolicas que pueden llegar a ser los sentimientos de principes y heroes, sus domesticos no los comparten: por lo menos, estos ultimos no expresan, o no se debe hacerlos expresar, sus pasiones con el mismo tono de dignidad. En mi humilde opinion, el contraste entre la sublimidad de unos y la ingenuidad de otros, pone bajo una luz mas fuerte el patetismo de los primeros.

La misma impaciencia que siente un lector, cuando es demorado por las chanzas groseras de actores vulgares, por alcanzar el conocimiento de la catastrofe importante en ciernes, tal vez acrecienta el suspenso, y por cierto prueba que se ha podido despertar artisticamente su interes en el acontecimiento final. Pero dispongo de una autoridad mas alta que la propia para discutir esta conducta.

El modelo que yo copié fue Shakespeare, el gran maestro de la naturaleza. Dejadme preguntar si las tragedia de Hamlet y Julio Cesar no perderian mucho de ese espiritu y de su belleza maravillosa, si se omitieran o se invistieran de lenguaje rimbombante el sentido de humor de los sepultureros, las chanzas de Polonio y los torpes chistes de los ciudadanos romanos. ¿No son exaltadas acaso la elocuencia de Apolonio y la oracion mas noble y sin afectacion de Bruto por las rudos ex-abruptos naturales que salen de las bocas de sus interlocutores? Estos golpes justos me hacen recordar al escultor griego que para expresar la idea de un Coloso dentro de las dimensiones de una foca, inserto en el espacio apropiado a un niño pequeño y lo midio con el dedo.

"No" dijo Voltaire en su edicion de Corneille, "esta mezcolanza de bufoneria y solemnidad es intolerable". Voltaire es un genio, pero no de la magnitud de Shakespeare. ¡Ah, Shakespeare desgraciado! Si lo hubieras hecho informar a Rosencratz de la iconografia del palacio de Copenhague a su camarada, Guildenstern, en vez de presentarnos un dialogo moral entre el principe y su sepulturero, la elite iluminada de Paris tal vez nos habria aconsejado adorar tu talento por segunda vez.

El resultado de todo lo que he dicho es proteger mi propio impetu creador bajo los cañones del genio mas brillante que, por lo menos, este pais ha producido. Podria haber demandado, despues de crear una especie nueva de narrativa, que estaba en libertad de fijar las reglas que yo creia mas apropiadas para la conduccion de la novedad, pero me sentire mucho mas orgulloso de haber imitado, aunque solo sea de manera debil, floja y a distancia, un modelo tan magistral, que gozar de todo el merito de la invencion a menos que hubiese podido marcar mi obra con genio asi como con originalidad. Tal como es, el publico ya la ha honrado suficientemente, sea cual sea el rango que otorgan sus sufragios.


Creado el 16 mayo, 2011.

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